lunes, 16 de julio de 2012

Huecos


“-Y hasta acá llegamos viejo, no se pudo. Lamentablemente  quedan dos opciones: se lo contás a tu vieja o el camino más fácil: es un tiro y listo”.
Más quilombo a mi vieja no le podía traer así que opté por el plan B: adentro de ese auto, que habíamos robado junto a esos dos que decían ser mis amigos, cerré los ojos y me disparé directo en la sien con una pistola calibre veintidós larga.
Sorpresa fue lo que sentí al darme cuenta que, si bien el disparo me había dolido, no había cumplido con su propósito: matarme.
Volví a apretar el gatillo y ¡pum! , otra pequeña explosión mortífera que no logró hacerme el daño que buscaba. Apreté de nuevo, de nuevo y así hasta cubrir mi cabeza con 5 huecos que hedían una combinación horrible entre pólvora, sangre y carne quemada.

Mi cómplice, impaciente, alcanzó a decirme “No hay más balas, querido. Bajate, andate a tu casa y bancate la que se te venga. Después vemos como arreglamos el tema de la guita”.

Me bajé a cinco cuadras de casa, mientras caminaba por la calle oscura sentía como el corazón se me aceleraba, lo que hacía bombear mucho más rápido la sangre y cada tanto mis bestiales huecos largaban un poco del jugo que se puede llegar a obtener cuando se mezclan la sangre y el cerebro.
Me toqué la cabeza con los dedos, los huecos seguían tibios. Me manché las manos con mi propia sangre y trozos de mis sesos.  Me acordé de mi gata, Olivia, e hice lo mismo que ella: Usando mi lengua como si de una esponja se tratase, limpié mis manos. Probé mi sangre y mis neuronas.
No puedo describir con exactitud el gusto de ese licuado de células pero era como chupar un metal al mismo tiempo que se ingiere grasa vacuna. Un asco propio.

Llegué a casa. La puerta estaba abierta. Pasé y a lo lejos vi a mi mamá en la cocina. Me prendí un pucho, esbocé una sonrisa falsa y el peor discurso de la historia:
“-Mira mamá, yo sé que me vengo mandando una cagada atrás de la otra. Te pido perdón por cada mal momento que tuviste que pasar por mi culpa. A veces no me doy cuenta de lo que puedo hacer. Hoy, hoy robé un auto. Me acompañaron dos pibes más. No sé quién era el dueño del auto, salió corriendo pero no lo herimos. La policía nos siguió y logramos perderlos por un rato. En ese momento pensé en que hasta ahí había llegado mi momento. Pero por alguna extraña razón, algo, no sé si Dios, el destino o qué, pero se apiadó de nosotros y e hizo que la policía se perdiera sin encontrarnos. Así que para evitar un montón de quilombos yo elegí matarme. No sé cómo lo tomarás vos con tu visión de la vida, el suicidio y toda esa mierda. Pero yo lo pensé así, no te enojés. Ahora, que te dije todo. Espero que puedas perdonarme  y mientras tanto te pregunto: ¿Conocés algún hospital o peluquería en donde me pueda arreglar este desastre que tengo en la cabeza? Es que mañana tengo un evento donde va mucha gente que me lee a diario por internet… y viste, no puedo caer así”.

8 comentarios:

  1. Jajaja te vas tan al carajo.
    Amo como escribis.

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  2. Chabón, esto es una masa, realmente te admiro

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  3. Una vez alguien me dijo "cuidado con los que manejan el arte de escribir porque pueden enamorarte sin siquiera conocerte"

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